Senderos en la jungla del management

Como he puesto de manifiesto en entradas recientes, para quien no es un experto suele resultar complicado orientarse en la jungla de teorías del management. Ésa fue una de las razones que nos llevó a Roberto García Castro y a mí a elaborar una selección de autores y visiones de empresa que pueden considerarse emblemáticos, de manera que ayuden a tener referencias. Así surgió Los ciegos y el elefante, un breve libro en el que trazamos un recorrido histórico que nos lleva desde los comienzos de las ciencias de la Dirección con el taylorismo hasta las teorías actuales, pasando por la escuela humanista, el enfoque neoclásico o la dirección estratégica.

En esa obra hemos optado por ofrecer una visión panorámica de la evolución del pensamiento empresarial apostando por una cuidadosa –y siempre discutible- selección de autores. El resultado no pretende en absoluto ser exhaustivo, sino más bien representativo de las corrientes de pensamiento más significativas, con el fin de profundizar en sus aportaciones y evitar la exageración de sus diferencias. Consideramos que esto contribuye a fomentar el diálogo y el entendimiento entre las diversas visiones, de manera que sorteemos el peligro de encapsulamiento de cada una de ellas en su propia interpretación. En las próximas entradas iré desgranando lo fundamental del pensamiento de los autores seleccionados.

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Las teorías del management nos ayudan a orientarnos

Resultaría presuntuoso (y falso) defender que ya hemos salido de la jungla de las teorías del management, pero sí podemos celebrar que el tiempo y el estudio nos han permitido conocerla mejor. Ahora podemos orientarnos en ella para evitar los peligros que esconde y aprovechar los recursos que ofrece.

Cabe preguntarse por qué a los ciegos del cuento les cuesta tanto ponerse de acuerdo y llegar a conclusiones consensuadas. La dificultad para definir a la empresa (para los ciegos, al elefante) se debe a dos razones principales: por un lado, a lo complejo de su naturaleza y de sus variadas formas de concretarse; por otro, porque se trata de un fenómeno social relativamente reciente sobre el que aún tenemos mucho que profundizar.

Las diversas teorías de la empresa aparecen porque sienten cierta insatisfacción hacia las explicaciones precedentes. Al igual que los ciegos, conocen las interpretaciones previas y buscan no sólo corregirlas, sino completarlas y enriquecerlas. En este sentido, se puede afirmar que hay una cierta integración entre las teorías, un progreso en la comprensión. Nuestra visión dista de ser perfecta pero resulta mejor que en el pasado. Además, aunque parciales, esas interpretaciones de la naturaleza de la empresa nos han permitido manejarnos razonablemente bien y avanzar mucho en la gestión de las organizaciones y en la creación de riqueza.

Por otro lado, crece la complejidad del fenómeno y la propia práctica empresarial no para de evolucionar y reinventarse. Precisamente el proceso de transformación que estamos viviendo demanda nuevas concepciones y herramientas.

Han cambiado los consumidores, la tecnología, los productos, los canales de distribución, los mercados y la manera de relacionarse los empleados. Nuevos mares para los que se requieren nuevos barcos. Sin embargo, muchas compañías mantienen un esqueleto jerárquico y funcional, plagado de compartimentos estanco.

Necesitamos organizaciones más flexibles, intensamente colaborativas, con estructuras móviles, rápidas, ágiles y obsesionadas con la innovación. El desafío es enorme, por eso requerimos de todo el conocimiento que se ha generado en el último siglo. La inestabilidad y la turbulencia actuales aumentan la necesidad de opciones diferentes para orientarnos e innovar con creatividad. Precisamos recursos conceptuales para analizar correctamente la situación y discernir alternativas de acción que nos ayuden a resolver los problemas emergentes.

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Ciegos en la jungla del management

ImagenEn una entrada anterior reproduje la parábola de los sabios ciegos que se topan por primera vez con un elefante y tratan de averiguar qué es con la sola ayuda del tacto. Cada uno llega a una conclusión diferente.

Según mi parecer, se trata de una metáfora muy apropiada para ilustrar lo que nos ocurre con las numerosas teorías del management. Con ese propósito la he utilizado muchas veces en clase y tan eficaz me parece que, finalmente, ha dado título a mi último libro.

El problema no es nuevo. Ya en los años 60 se queja Harold Koontz -en un artículo significativamente titulado “The Management Theory Jungle”- del excesivo número de enfoques existentes para explicar la naturaleza y funcionamiento de las empresas. Tomado cada uno por separado parecen muy coherentes y razonables (como las descripciones de cada uno de los ciegos), pero cuando se analizan uno tras otro el lío es tremendo (como cuando los ciegos exponen sus interpretaciones de lo que han palpado). Aquí van las palabras de Koontz, como si las hubiera pronunciado hoy mismo:

 “Del ordenado análisis a pie de fábrica hecho por Frederick Taylor y la destilación de experiencia desde el punto de vista de la dirección general de Henri Fayol, hemos pasado a una situación caracterizada por una jungla de enfoques y aproximaciones al management. Por un lado está la escuela del comportamiento, nacida de los experimentos de Hawthorne y del creciente interés en las relaciones humanas de los años 30 y 40, que entiende el management como una maraña de relaciones interpersonales y encuentra en la poco desarrollada ciencia de la psicología la base para explicarlo. Están también los que ven el management como una manifestación de los aspectos institucionales y culturales de la sociología. Otros, partiendo de la observación de que su núcleo central es la toma de decisiones, ramifican desde este núcleo en todas direcciones hasta abarcar la totalidad de la vida organizacional. Por otro lado, los matemáticos explican el management como un ejercicio de relaciones lógicas expresadas en símbolos. Pero el enredo alcanza su apogeo cuando se aborda el management como el análisis de un conjunto de sistemas y subsistemas con una tendencia comprensible, por parte del investigador, a sentirse insatisfecho hasta que abarca todo el universo físico y cultural como un sistema de gestión.”

Los estudiosos de la empresa -como los ciegos- comparten lo que descubren pero eso no parece ayudar a entender mejor la realidad. No logran ponerse de acuerdo. Todas las explicaciones resultan razonables, pero ¿con cuál quedarse?, ¿cuál es la más acertada o la más útil? Al fin y al cabo, no buscamos el conocimiento por mera curiosidad intelectual, sino para aplicarlo en beneficio de una mejor dirección de las empresas.

¿Cómo orientarnos en esa jungla de teorías? ¿Dónde está la clave?

La parábola de los ciegos muestra gráficamente que cada una de esas visiones, siendo correcta en lo que descubre, yerra en la interpretación. Y no porque el elefante carezca de trompa, colmillos o cola, sino porque se generaliza una comprensión parcial. Así pues, aciertan en lo que afirman pero se equivocan en lo que dejan fuera, en lo que no tocan. Todas tienen razón y a la vez están equivocadas. Son erróneas por incompletas, no por falsas. Claro que la agregación de todas ellas tampoco parece una buena solución, pues un híbrido de árbol, soga y espada resulta un monstruo incomprensible e ingobernable.

Por otra parte, la comprensión parcial y el descubrimiento progresivo son algo característico de la manera de conocer humana. Sabemos que cualquier modelo explicativo siempre es una abstracción de la realidad y que, en buena medida, avanzamos en el conocimiento por comparación con lo que nos resulta familiar. En este caso, un muro, una serpiente, un abanico… Es decir, un elenco de realidades bien diferentes.

Estas dificultades, en lugar de desanimar a los investigadores, les han alentado a buscar explicaciones más completas e integradoras. Hoy, 50 años después de la observación realizada por Koontz, la investigación y la literatura empresarial gozan de indudable salud y continúan generando enfoques novedosos y cada vez más atinados.

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Los números de 2011

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.

Aqui es un extracto

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 1.800 veces en 2011. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 30 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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Los ciegos del Indostán hablan de la empresa

La Parábola de los seis sabios ciegos y el elefante, atribuida a Yalal ad-Din Muhammad Baljí, un místico sufí del s. XIII, sirve como eficaz metáfora del sucederse de teorías de la empresa que nos han sido ofrecidas en el último siglo.

He aquí una versión algo actualizada de dicha parábola:

Seis ciegos se encontraban debatiendo junto a un camino cuando por él se aproximó un ruidoso elefante conducido por un mahout. Comoquiera que los seis eran extranjeros e ignoraban el aspecto de aquél animal, se levantaron intrigados a palparlo.

El primero en llegar junto al elefante chocó contra su alto y duro costado y declaró: “¡Está clarísimo: es como un muro elevado!”

Se acercó el segundo y tocó la punta afilada y lisa de un colmillo, por lo que dijo: “¡Ya lo tengo!, ¡es igual que una espada!”

El tercero tropezó con la trompa y enseguida pudo emitir su opinión: “Largo, redondo, repelente… ¡Tiene que ser una serpiente poco común!”

Osado y animoso, el cuarto trepó por una de las patas y exclamó: “¡Qué tronco más gordo! Amigos, ¡esto es algún tipo de árbol!”

El quinto palpó una oreja y proclamó: “Queridos colegas, ¡estáis completamente equivocados! ¡Obviamente es un enorme y extraño abanico!”

Por fin, desconcertado por tales discrepancias, el sexto fue a dar con el rabo, se agarró fuerte y les espetó: “¡Vamos, vamos, ninguno habéis acertado! Tocadlo otra vez y comprobaréis que es una soga.”

Así quedaron los ciegos discutiendo largamente, sin lograr ponerse de acuerdo pues cada uno estaba muy seguro de lo que había tocado con sus propias manos. ¡Todos con una pizca de razón…, y todos equivocados!

El tacto proporciona contacto físico.

La vista, color y profundidad.

El oído, melodía.

El olfato y el gusto, sabor.

Cinco sentidos que captan lo sensible. Los cinco son necesarios. Mas para conocer la verdad, inteligencia y razón resultan imprescindibles. No bastan los sentidos, la ciencia, la experiencia, ni siquiera la universidad.

Los sabios, conscientes de sus limitaciones visuales pero ávidos de conocimiento, se apresuran a utilizar las vías de exploración que están en sus manos; nunca mejor dicho. Se levantan y buscan. Lo que encuentran es una realidad compleja, poliédrica y dinámica. Su afán de saber les lleva a compartir lo que cada uno percibe, si bien el resultado no termina de ser satisfactorio debido a la disparidad de sus deducciones.

Algo semejante nos ocurre cuando nos acercamos al variado fenómeno empresarial. Nuestras limitaciones cognoscitivas han generado un verdadero mosaico de visiones dispares y, en ocasiones, aparentemente irreconciliables. Queremos saber y entender; para ello, investigamos, reflexionamos, analizamos, comprobamos y experimentamos. Sin embargo, los hallazgos han dado lugar a teorías de la empresa fragmentarias y divergentes.

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Avanzar a tientas

Es hoy una percepción compartida que vivimos en una época de cambio, turbulencias e incertidumbre. Estos fenómenos no son sino manifestaciones del tránsito de una sociedad industrial a otra apuntalada sobre el conocimiento y la innovación.

El s. XX heredó del anterior la fascinación por el progreso técnico y el desarrollo de las ciencias. El ingenio humano lograba diseñar máquinas asombrosas que progresivamente permitían reemplazar seculares métodos de trabajo artesanal por líneas de producción cada vez más capaces, automatizadas y eficientes. El aumento de la productividad parecía no tener límite, a la vez que la mejora de los sistemas y rutas de transporte posibilitaba la expansión internacional del comercio y el crecimiento de la demanda de nuevos productos. Como consecuencia, se fue desarrollando una economía de mercado basada en la industria manufacturera, que propició la aparición de grandes compañías. En ese contexto de complejidad creciente surgen necesidades de dirección y coordinación hasta entonces desconocidas. Nace así la figura del directivo profesional y, con él, la reflexión sobre la mejor manera de administrar estas nuevas organizaciones llamadas empresas. A lo largo de todo el siglo, tecnología y management evolucionan conjuntamente y sin descanso, si bien en las últimas décadas se observa un cambio de escenario.

En efecto, el vertiginoso desarrollo de las TIC y de otras tecnologías (nano-, bio-, etc.) perfilan un mundo interconectado, en el que las distancias físicas pierden importancia, la información y los descubrimientos se transmiten con inusitada rapidez, los mercados financieros convergen, los procesos productivos se aligeran y las nuevas generaciones poseen un alto nivel educativo. Si el s. XX se apoyó en la industria, el XXI cuenta con el trampolín del conocimiento.

Estos profundos y acelerados cambios influyen en el mercado y también en la realidad interna de las organizaciones: se experimenta un creciente mestizaje entre lo físico y lo virtual, se difuminan las fronteras entre los sectores y se descubren clientes cada vez más informados y exigentes. En definitiva, surgen nuevos desafíos y nuevas formas de competir que demandan un cambio en la manera de entender la empresa y en la forma de dirigir.

Pero ni todo cambia ni tampoco es la primera vez que se produce un cambio de cierta magnitud. De hecho, vemos que conviven modelos de empresa absolutamente rupturistas con otros aferrados a fórmulas clásicas hoy probablemente obsoletas. Necesitamos discernir muy bien qué ha cambiado y qué permanece, pues el cambio sólo se puede operar si hay algo que permanece (si no, hablamos de aniquilación). Han evolucionado las empresas, pero ¿se ha transformado su naturaleza?, ¿qué repercusiones puede tener la mutación en el comportamiento de clientes y empleados?, ¿cuál es el alcance de las innovaciones tecnológicas, las turbulencias del mercado, las metamorfosis sociales o los desequilibrios demográficos?, ¿qué oportunidades ofrecen las nuevas plataformas de relación social?

Nos falta experiencia y perspectiva para enfrentar tantas y tan radicales novedades como estamos observando. Carecemos de un mapa de rutas adecuado. Se ponen en cuestión todos los fundamentos de dirección conocidos, por lo que conocer bien la teoría de la organización se hace más necesario que nunca. La perspectiva histórica que ofrece el conocimiento de la evolución de las concepciones de la empresa nos ayudará mucho.

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Los ciegos y el elefante

Retomo -¡por fin!- el blog y compruebo con horror que ¡hace tres meses que no escribo!

Pido disculpas para aquellos que me siguen y trataré de corregirme.

Para compensar, os traigo una buena noticia: el libro “Los ciegos y el elefante” ya está terminado y enviando a imprenta, donde ahora termina de hornearse.

Y aquí va un anticipo de cómo va a quedar, más o menos, la cubierta:

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¿Qué tipo de innovación toca ahora?

En mi opinión, en este momento la innovación debe ser sobre todo de modelo de negocio. Al menos, para la mayor parte de las empresas.

Si las cosas se han hecho medianamente bien, estamos ya en la recta final de los recortes de costes, la disminución de plantillas, y la eliminación de grasa. Por ahí, pocos avances se van a lograr ya. Si no queremos caer en la anorexia corporativa, tenemos que ponernos cuanto antes a construir de nuevo. Ese es el sentir mayoritario que he podido percibir en los encuentros más recientes que he tenido con empresarios, en distintas ciudades del país: Valencia, Bilbao, Madrid, Santiago, Pamplona y Ciudad Real. Toca reinventarse; volver a crear y volver a crecer pero con enfoque, cultura, capacidades, estrategia y objetivos diferentes. El modelo de negocio es la innovación fundamental porque el que teníamos se ha agotado. Como se ha agotado el modelo económico de país: hace tiempo que sabíamos que el crecimiento sobre el ladrillo no podía ser indefinido, pero últimamente lo hemos palpado de forma innegable.

La pregunta para muchos- para aquellos ya convencidos de que estamos en una etapa nueva y con un escenario diferente- es sencilla: ¿y ahora qué?, ¿hacia dónde tirar? La respuesta, no lo es tanto.

El “hacia dónde” y el “cómo” van a condicionar el modelo de negocio. Su respuesta va a determinar el tipo de vehículo que necesitamos para ese desplazamiento. Por tanto, es importante planteárselo justo ahora. Muchos ya lo están haciendo.

“Cómo” y “hacia dónde”. Nadie tiene la respuesta; quizá ni siquiera existe la respuesta correcta. Hay que crearla. Es lo bueno de las grandes preguntas. En ese sentido, tomémoslo como una gran noticia pues todos partimos desde el mismo punto, nadie tiene ventaja.

Ciertamente, no podemos conocer el futuro, pero sí analizar las tendencias, el sentido del cambio, los nuevos aires, las aspiraciones de las personas, sus intereses, sus sueños. Me parece que tenemos que indagar por ahí: qué desea la gente, qué le incomoda, qué quiere, qué necesita. 

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Barreras organizativas a la innovación

Tras enumerar las barreras ambientales y las barreras personales a la innovación, les toca el turno a las que podríamos denominar barreras internas u organizativas.

Dentro de este amplio campo, cabe distinguir tres grupos más o menos definidos, si bien las fronteras tienden a ser difusas. Serían los siguientes:

Barreras “financieras” 

  1. Presión de los objetivos de corto plazo
  2. Excesivo control
  3. Obsesión por la eficiencia y la productividad (a corto)
  4. Otorgar baja prioridad a la innovación (no suele ser algo urgente)
  5. Sale caro y escasea la financiación
  6. La puesta en práctica de novedades exigiría reubicar recursos o sustituirlos
  7. Incertidumbre ante la entrada en mercados desconocidos
  8. Identificar la innovación con grandes inversiones en tecnología
  9. Rentabilidad incierta
  10. Temor a canibalizar un producto propio rentable

Barreras “culturales”

  1. Impaciencia ante la incertidumbre
  2. Miedo al fracaso
  3. Intolerancia al error
  4. Se penaliza la experimentación
  5. No existe un clima favorable a la innovación
  6. No se promueve la creatividad, incluso está mal vista
  7. Desdén hacia lo desconocido
  8. Minusvaloración de lo intangible
  9. Ausencia de reconocimiento a las mejoras

 Barreras “organizacionales”

  1. Nadie tiene la responsabilidad específica de promover la innovación, y tampoco está generalizada
  2. No se comparte información entre los departamentos
  3. Reinos de taifas con escasa colaboración
  4. Cada uno mira por los objetivos de su departamento, no por los generales
  5. Se busca consenso en las innovaciones, incluso unanimidad
  6. Foco en el corto plazo, no hay tiempo para pensar en el futuro

Con este elenco terminamos la lista -seguro que incompleta y mejorable- de posibles obstáculos a la innovación en las empresas. Sea por su causa, o por otros motivos que no he llegado a descubrir, nuestro nivel de innovación resulta lastimosamente pobre. Hasta el punto de que hace tan solo unos días leía en Expansión un dato estremecedor: a pesar de la apuesta del Gobierno, menos del 1% de las empresas españolas hace uso de los incentivos fiscales para fomentar la I+D. El redactor de la noticia concluía que “hay pocas compañías interesadas en la innovación“. En mi modesta opinión, no es cierto, pero por desgracia ese dato parece darle la razón.

¿Estamos o no estamos interesados en la innovación?

Por como está el contexto, no parece una elección.

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Barreras personales para innovar

Como había prometido -hace ya algún tiempo, lo siento- enumero en esta entrada las barreras para la innovación de índole personal. Es decir, aquellas que nos imponemos o imaginamos nosotros mismos, sin necesidad de que nos las pongan desde fuera.

Como digo, es una enumeración. Allá va:

  1. Miedo al fracaso
  2. Temor a las consecuencias de los cambios
  3. Aversión al riesgo
  4. No es mi trabajo
  5. Ausencia de incentivos (profesionales, sociales, familiares, económicos…)
  6. Carencia de foco en el cliente
  7. Ausencia de reconocimiento y/o escucha
  8. No tener tiempo para pensar y para probar alternativas
  9. Considerarse una persona poco creativa o sin ideas
  10. Carecer de mentalidad abierta para aprender de otros, de la naturaleza, del mundo cultural, etc.
  11. Pesimismo o ánimo negativo que lleva a pensar que no funcionará o no nos harán caso
  12. No saber encontrar el camino para intentarlo
  13. Desmotivación en el trabajo
  14. Perfeccionismo que todo lo retrasa e impide lanzarse
  15. Escasa implicación
  16. Comodidad
  17. Impaciencia ante resultados inciertos o diferidos
  18. Tenacidad insuficiente

En mi opinión, la mayor parte de ellas parecen barreras que obstaculizan lanzarse a innovar, es decir, intentarlo, ponerse en marcha. Sólo las dos últimas resultan más propias de un proceso de innovación ya en marcha y que tropieza con obstáculos o se hace demasiado largo. 

Si nos entretenemos un poco en analizarlas, caemos enseguida en la cuenta de que todas o casi todas las barreras son de corte psicológico y la inmensa mayoría de ellas, controlables por el sujeto. Veamos. Algunas son emocionales (las tres primeras: miedo al fracaso; temor a las consecuencias de los cambios; aversión al riesgo). Unas cuantas de mentalidad (4-11: no es mi trabajo; ausencia de incentivos; carencia de foco en el cliente; ausencia de reconocimiento; no tener tiempo; considerarse una persona poco creativa; carecer de mentalidad abierta para aprender; pesimismo). Otras, actitudinales (13-18: desmotivación; perfeccionismo; escasa implicación; comodidad; impaciencia; tenacidad insuficiente). Y, por último, una que tiene que ver con las habilidades (no saber encontrar el camino para intentarlo).

Desde luego, ninguna parece a priori insuperable. Más bien lo contrario; sobre todo, si tenemos en cuenta que su fuente es interna y que, con decisión, podemos influir directamente en ella. Ciertamente, para manejar actitudes, mentalidad y emociones se necesita, primero, querer hacerlo y, segundo, control personal.

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